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Finalizadas estas oraciones, y después de que la Maria Major pronunciase una melancólica despedida, sus labios apagaron el cirio que sostenía y, arropada por todos sus fieles,
ubicados a su alrededor y en cada uno de los asientos de la basílica, cayó muerta sobre su lecho. Ante su cuerpo recostado, los apóstoles, sujetando velas encendidas en sus manos,

entonaron un cántico fúnebre en el que ya anunciaba la esperanza de su inminente resurrección. Sin embargo, aunque mucho más breve que la tradicional noche de la Roà, los allí presentes tuvieron que aguardar a que la representación se reanudase.
El dese
nlace del Misteri no se hizo esperar, y los asistentes recibieron el segundo acto con la misma la misma exaltación de emoción con la que despidieron el primero. Y este sentimiento contenido y, en ocasiones expresado en forma de aplausos, embargó la representación desde que el cortejo virginal regresase al cadafal hasta que, subida al araceli, la Maredéu recibiese la corona, todavía simulada, y ascendiese a los cielos entre el clamor y la gloria de sus devotos. Pero, entre estos dos extremos, los ilicitanos y sus invitados o visitantes vibraron con el estruendo de la Judiada, se conmovieron con la sonoridad del entierro y se enternecieron con los gorjeos del Araceli, y se estremecieron con el clamor de Santo Tomás. Y, de esta forma, todos los allí congregados, y los que lo sintieron sin poder asistir, volvieron a dejar patente que La Festa sigue siendo su mayor patrimonio.
Recepción en las Clarisas y recorrido a pie hasta la Casa de La Festa
Como cada año, el 13 de agosto, los cantores del Misteri y el pueblo ilicitano compartieron protagonismo con una serie de invitados de excepción que, en las tribunas del Ayuntamiento o del Patronato, pudieron disfrutar de la emoción, la belleza y el sonido de La Festa. En esta ocasión, la recepción de la mayor parte de estos testigos de excepción tuvo lugar en el convento de las Clarisas, donde, está proyectada la creación del museo de La Festa. |